Galileo, su caso y la Leyenda Negra. Capítulo 4-4. QNTLC

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Última entrega del Caso Galileo.
Texto: quenotelacuenten.org/2014/08/13/el-caso-galileo-4-y-ultimo/

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Dada su amistad con el Papa, fue el mismo pontífice quien aprobaría el texto aconsejándole, sin embargo (¡y una vez más!) que hablase sobre los sistemas en forma hipotética. Galileo, abusando de su confianza, hizo caso omiso de ello; durante las discusiones científicas y ante la insistencia de su postura, se inició otro proceso durante el cual, discutiendo acerca de su “descubrimiento” solo presentó un argumento a favor de su teoría heliocéntrica, y era erróneo… Galileo decía que las mareas eran provocadas por la “sacudida” de las aguas, a causa del movimiento de la Tierra, una tesis risible a la que sus jueces-colegas oponían otra (que era la correcta); ante la refutación de sus contrarios, Galileo los tildó de “imbéciles”, en público. Decían aquellos que el flujo y reflujo del agua del mar se debía a la atracción de la Luna, como más tarde se comprobaría.

Aparte de su explicación errónea, Galileo no supo aportar otros argumentos experimentales a favor de la centralidad del sol y el movimiento de la tierra.

La reacción de la Iglesia se dio especialmente cuando el pisano quiso pasar de la hipótesis al dogma. Pero no solo eso. Para lograr el permiso de impresión del libro citado y valiéndose de la amistad del Papa, utilizó una treta, presentando a la censura solamente el prólogo (donde se disfrazaba de enemigo de Copérnico) y la conclusión del libro. Ello hizo que el Papa, más tarde, le confiase al embajador de Toscana en el Vaticano: “(a Galileo) lo he tratado mejor de lo que él me ha tratado a mí; él me ha engañado”.

Además, para comprender las ansias de popularidad que tenía, se abstuvo de publicar su libro en latín (la lengua de la ciencia en ese entonces), haciéndolo en italiano para que tuviera la mayor difusión posible. A pesar de todo ello y gracias a la amistad que lo unía con el Papa Barberini, se le evitó nuevamente la comparecencia ante el Santo Oficio, designando para ello una comisión que dictaminara al respecto. El dictamen fue terminante: “Galileo ha ido demasiado lejos y debe enfrentarse a un juicio”, que finalmente se daría en 1633.

Los cargos por los que se acusaría a Galileo, luego de varias admoniciones serían los siguientes:

– Haber transgredido la orden de 1616.

– Haber obtenido el imprimatur (permiso de impresión) con malicia y engaño.

Durante todo el proceso romano, lejos de pasar sus noches en una mazmorra, fue alojado a cargo de la Santa Sede en una vivienda de cinco habitaciones, con vistas a los jardines del Vaticano y con servidor personal.

Galileo, en lugar de aceptar lo que había hecho, sorprendió a los jueces diciendo bajo juramento que no creía en la teoría de Copérnico y que en su libro se demostraba la falsedad de la misma. Esto mismo (a todas luces falso) sostuvo delante del mismo Papa quien presidió una de las sesiones para mostrar el interés ante el planteo.

Contradiciéndose una y otra vez ante los cargos que se le imputaban por desobediencia y fraude fue condenado a lo siguiente:

– Recitar salmos de penitencia una vez a la semana durante tres años.

– Abjurar solemnemente de sus errores, planteando lo que era hipótesis simplemente como “hipótesis” y no como tesis comprobada.

– Reclusión en una cárcel escogida por el Santo Oficio.

– Inserción de su libro en el Index (índice de libros prohibidos).

Luego de escuchar la sentencia en el convento dominico de “Santa María sopra Minerva”, en Roma, Galileo agradeció por “una pena tan moderada”, dijo. Es falsa la anécdota que narra que, luego de ser “condenado” habría dicho“eppur si muove” (“y sin embargo se mueve”). La frase sería inventada solo cien años después por un periodista inglés (en 1757), e inmortalizada por el italiano Giuseppe Baretti.

Pero veamos qué sucedió con el cumplimiento de la pena:

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